Para que nuestra oración sea atendida,
para que gane fuerza y poder, es necesario ante todo tener FE y ESPERANZA.
La primera de estas virtudes implica el pleno convencimiento de que estamos
haciendo lo correcto, la plena creencia de que alguien nos escucha y la
tenaz afirmación de que "aquello que deba ser, será". La esperanza, por su
parte, es principal para dar a nuestros ruegos la consistencia que haga de
ellos un arma que apunte hacía el futuro. Esto significa que hay que confiar
plenamente en nosotros mismos, en la vida y en la fuerza de aquel (sea un
ángel o Ser Supremo) a quien dirigimos nuestra súplica y que jamás nos
dejará desamparados. Solamente así la palabra oración podrá adquirir
para nosotros su verdadero peso espiritual.