Los momentos propicios para
realizar la invocación son el amanecer y el atardecer.
Comenzamos buscando una habitación en la cual podamos estar tranquilos
durante la visualización, sin que nadie nos pueda interrumpir.
La luz debe ser tenue, utilizando velas o lamparitas de colores.
Encenderemos un sahumerio de aroma suave, de flores como jazmín o rosa,
ambar, miel o incienso.
Adoptamos una posición, sobre un sillón o en el piso, la que usted
quiera y se sienta más a gusto.
Podemos acompañar este ejercicio con una música suave.

Es importante poder aislarse del
mundo que nos rodea, sin tener preocupación alguna que pueda interferir
en nuestra mente; lograr una tranquilidad mental y relajamiento de todos
los músculos del cuerpo donde se sienta como en las nubes.
Debemos realizar una relajación física y mental, relajar nuestro cuerpo,
y para lograrlo, cerramos lentamente los ojos verificamos así la energía
de luz que somos, empezamos a ver como está nuestro cuerpo por dentro.
Regulamos la respiración. Relajamos nuestros músculos, comenzando por
los pies, siguiendo por los tobillos, las rodillas, las piernas, los
muslos, la cadera.
Con cada inspiración iremos visualizando una luz blanca y brillante que
penetra en nuestro cuerpo recorriendo todos los órganos internos.
Continuamos relajando nuestra cintura, la espalda, el pecho y los
hombros, luego los brazos y las manos, el cuello, la cabeza, la cara,
hasta el cuero cabelludo. De esta manera nos conectamos con el cuerpo
físico.
Una vez logrado este estado, sin perder el dominio de los pensamientos
(impidiendo que cualquier pensamiento nos invada), pasamos a la
invocación.

Es importante repetir mentalmente
nuestro nombre hasta sentirlo vibrar en nuestro interior como una
resonancia muy fuerte que nos provoca una sensación de plenitud. Ese es
el momento en que llamamos al Ángel de la Guarda.
Lo invocamos mediante una oración que podemos repetir varias veces o
simplemente le hablamos dejándonos guiar por nuestra propia voz
interior.
En ese momento podemos pedir por nosotros y por nuestros seres queridos
todas las cosas buenas que deseemos, con la seguridad de que vamos a ser
oídos y el mensaje será transmitido a la entidad que corresponda, o a
Dios mismo, para que él con su amor y sabiduría disponga.
Damos gracias por el contacto a nuestro Ángel y comenzamos a ser
conscientes de nuestro cuerpo, poco a poco, de manera inversa a la
relajación inicial. Respirando profundamente movemos lentamente nuestros
párpados hasta abrir los ojos, estiramos nuestros brazos, las piernas,
tomamos contacto nuevamente con nuestro cuerpo físico.
Nos quedamos en silencio unos minutos.
Nos despedimos y agradecemos otra vez a todos los ángeles guardianes o a
nuestro ángel antes de apagar las velas.
Aunque usted no lo vea o sienta su presencia, sobre todo, en las
primeras invocaciones, su ángel siempre está junto a usted. Háblele,
ámelo, pues él lo escuchará y guiará siempre.